Viaje al verdadero Delta: por el río Paraná…

Cuando vivís de espaldas al Río, tan cerca pero tan lejos, te resulta todo un misterio. Y en Buenos Aires vivimos muy cerca del Delta, donde nace el Río de la Plata. Es un laberinto de agua, una Venecia natural. Al acercarse se empiezan a ver cosas sorprendentes, a las que nuestra indiferencia al agua no está acostumbrada.

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Es increíble cómo el río marca tu vida, tus ritmos, ya al poco tiempo de conocerlo mejor.Es un lugar donde la vida se rige por otros parámetros, en armonía con la naturaleza. Históricamente la gente del Delta convivió con el agua, como una fuerza delimitadora pero potenciadora a la vez. Límites que se corren, que van cambiando: el río sube, baja, trae animales, permite el crecimiento de plantas, crea nuevos arroyos, forma nuevas islas… Es un territorio en constante movimiento, donde las personas se adaptaron construyendo sus casas sobre pilotes, porque el río viene hasta su puerta y luego se va, como visitando. Así logran permanecer en ese espacio, conviviendo con ese paisaje móvil y cambiante. Ese es uno de sus mayores encantos, la ausencia de la acostumbrada rigurosidad de las ciudades, de ruedas, de ruido, hace que todo sea diferente. Las condiciones y los tiempos los pone la naturaleza, y no el asfalto.
El agua conforma orgánicamente las vidas de los isleños; agua que fluye, que sube a tierra y luego se va, que forma las islas y el suelo donde pisamos. Es un lugar mágico, donde se puede apreciar en una escala de tiempo muy corta, como la de una vida humana, cómo la naturaleza crea el territorio donde se desarrolla la vida.

La amenaza de una nueva colonización

Si bien es cierto que la intervención humana ha degradado este ambiente, tanto al contaminarlo como al alterar su biodiversidad, éste sigue siendo fundamental por los servicios ecológicos que presta, sigue siendo un pulmón verde, y el lugar donde los pobladores habitan desde hace muchos años, viviendo de la naturaleza a su ritmo, y ahora defendiéndola de la depredación.

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Porque una vez más el hombre, en su afán por dominarlo todo, está llegando a un lugar así para geometrizarlo, para exigirlo, para modificarlo a imagen y semejanza de las ciudades. En lugar de adaptarse a la naturaleza, pretenden que esta se adapte a ellos, a un estilo de vida totalmente artificial, al cual tienen la desfachatez de llamar “natural”.

Nos subimos a una lancha colectiva y pasamos por un exclusivo barrio privado llamado Marinas Golf, donde pudimos ver cómo las orillas son transformadas en sólidos muros, cómo los árboles fueron arrasados, junto con la fauna típica, cómo las casas dejan de tener pilotes para convertirse en torres… Torres en el Delta, sí, interfiriendo en medio de la naturaleza, impidiendo perder la vista a lo lejos para aprisionarnos entre moles de cemento, es un absurdo tan grande que hay que pensar de una manera muy diferente para intentar entenderlo. Como también para comprender porqué los barcos blancos con lonas azules emulan a las camionetas 4×4 y se estacionan en fila, para que unos pocos “disfruten” a expensas de todos los demás, que no solamente no vamos a poder disfrutar de esa naturaleza, sino que vamos a sufrir las consecuencias de ese pésimo “manejo” de un ecosistema tan importante y vulnerable.

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Arribamos al río Paraná, donde pudimos apreciar el contraste entre la gente que vive en la isla y quienes venían a imponerse en ella. Se ven tajantemente las diferencias sociales al hacerse “a la mar” en una embarcación, que puede ser desde una simple canoa o un bote a remo, una lancha colectiva, hasta impresionantes yates carísimos que esperan toda la semana para ser usados sólo los sábados o domingos, y no para transportarse ni llevar los chicos a la escuela, ni para ir a pescar, sino sólo para mostrarse, navegando a toda velocidad.

La defensa ante la avanzada colonizadora

Sabíamos que empezaba la resistencia ante los atropellos de quienes, porque tienen más dinero, no sólo creen que pueden dominar a la naturaleza sino también a sus iguales, como históricamente lo vienen haciendo.

Los pobladores nos invitaron a visitar un bastión de su lucha, en medio de la destrucción que una empresa colonizadora (¿acaso otra cosa podía esperarse de quien se autodenomina “Colony Park”…?) está generando en el Delta, que al fin y al cabo es un bien común de todos nosotros, al ser generador de agua, aire puro y biodiversidad.
Un grupo de personas nos reunimos en el puerto de San Fernando, y los isleños nos llevaron a conocer su realidad. Ya en la lancha, nos adentramos en el Delta y pudimos apreciar estos contrastes tan violentos entre dominantes y dominados, entre vivir con la naturaleza o contra ella.

Llegamos a una zona arrasada, un futuro hogar para algunos, pero adonde ya vivían otros (la analogía con la colonización de América es vívida). En el lugar se mezclan las casas que persisten, hechas a las apuradas, una y otra vez destruidas con dragas y topadoras… Desaparecieron los árboles y ahora las raíces están secas. Desaparecieron las orillas y ahora hay tabiques que delimitan los arroyos serpenteantes y los vuelven rectos. Desapareció toda hierba y ahora hay barro. Desapareció el agua, y por supuesto desapareció la vida, porque allí ya no puede vivir nada.

En un arroyo con techo de árboles con sus ramas entrelazadas, amarramos en el lugar donde el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) está concretando un proyecto para ayudar a los isleños a sumarle valor agregado a la recolección manual de juncos, a través de la confección de cortinas y otras producciones. La construcción de un galpón comunitario en el lugar es el punto de partida. Construcción que fue saboteada impunemente por esta empresa colonizadora del Delta.

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Es emocionante ver un montón de pequeñas embarcaciones amarradas entre los árboles de la orilla, y a un montón de gente reunida en el medio del monte, al que no habríamos llegado sin la ayuda de los lugareños. Todos los visitantes se habían acercado para solidarizarse y acompañar en ese día. En un momento, se hizo una ronda y los isleños nos dieron la bienvenida, luego cada uno relató de dónde venía y porqué había ido allí. Un grupo bastante heterogéneo, con un denominador común.

A continuación, avanzamos a escasos 30 metros de donde la empresa está removiendo la tierra y haciendo un contundente dique de barro. Subimos a esa montaña de 4 metros, en la orilla del arroyo, para observar impávidos cómo una enorme dragadora arrancaba la tierra del fondo del curso de agua, y sacaba el barro, dirigiéndolo hacia el centro de la isla de enfrente. El grupo de obreros que operaba la máquina, incluso siendo un día domingo, no entendía qué hacíamos allí.

Alguien plantó la bandera de los pueblos originarios en esa montaña de destrucción. En un clima de conmovido respeto, se realizó un acto de desagravio a Haroldo Conti, quien sitúa su novela Sudeste en ese mismo arroyo Anguilas, que ahora sufre la misma suerte que el escritor y desaparece entre las garras colonizadoras. Se leyó entonces la primera página de la novela, donde se dice que “…El Anguilas vuelca en la mitad de ese banco, entre una llanura de juncos…”, un canto a la vida imponiéndose ahora por sobre el angustiante ruido de la draga.

Luego, el grupo volvió para seguir compartiendo la resistencia junto con la Asamblea Delta y Río de la Plata. Almorzamos, exploramos la parte aún intacta de la isla, y hasta hubo quienes se aventuraron a nadar en el arroyo. Hubo guitarreada y baile, y cantamos, para intentar tapar el ruido de las máquinas que aún se escuchaba, recordándonos en todo momento en dónde estábamos. Pero por algo a la isla la llamaron “Esperanza”…

Al terminar el día, sobrecogidos, emprendimos el regreso. Un lanchón de madera nos acercaría nuevamente al puerto. Los sentimientos eran contradictorios, estábamos tristes por lo que habíamos visto, pero a la vez felices por haber compartido y defendido nuestra identidad y nuestro territorio. Pasamos lentamente al lado de la draga, las excavadoras y las topadoras. Y nos despedimos del Delta cruzando el río Lujan entre yates que aceleraban furiosos, enormes, potentes, muy cerca de nuestra embarcación;asediándola, zarandeándola violentamente con olas que picaban el río, mirándonos hacia abajo desde las alturas, hasta darnos miedo. Como hacen siempre, con la violencia del poder que da el dinero.

*por Laura Iñón y Natalia Salvático, campaña Agua y Sustentabilidad.

Vale destacar que Colony Park es uno de muchos emprendimientos que ya están, y casi 100 que llegarán, por eso la importancia de frenar ahora el avance en la zona.

Es urgente terminar la construcción del galpón, donde se planifican numerosas actividades productivas, educativas, sociales y ambientales. Sólo restan manos para trabajar y algunos pocos materiales. Invitamos a todos a defender el Delta, no estamos ante una pelea fácil. La desigualdad de condiciones es evidente, pero sabemos que la unión hace la fuerza.

¡Unite! agua@amigos.org.ar