Transgénicos y soberanía alimentaria: controversias desde las ciencias a nuestros cuerpos

Guillermo Folguera es licenciado en filosofía y doctor en biología por la Universidad de Buenos Aires, Investigador CONICET por el área de la Filosofía de la Biología y profesor de Historia de la Ciencia en FCEN (UBA).Dirige el grupo de Filosofía de la Biología-Ffyl-FCEN (UBA), donde se investigan diferentes vínculos entre las ciencias de la vida y problemáticas sociales y ambientales. Conversamos con él sobre estos temas para profundizar en las ideas y supuestos que hay detrás del conocimiento de los transgénicos. Folguera nos cuenta cómo se marcan y legitiman las relaciones entre discurso científico y política,cómo se racionalizan los impactos dela agroindustria en la justicia ambiental, y también,sobre formas y prácticas alternativas para una sociedad más sostenible.

¿Cómo analizás el impacto socioambiental de los organismos genéticamente modificados (OGM)? 

Hay por lo menos dos dimensiones que a mi entender tienen que ponerse en juego. Uno es el aspecto ambiental. En el caso argentino, a partir de la llegada y consolidación a mediados de la década de los 90 de los OGM (también llamados transgénicos), como parte de un paquete tecnológico que involucra tanto la semilla como el herbicida asociado (principalmente el glifosato), las consecuencias ambientales han sido impresionantes. Principalmente, el corrimiento de la barrera agrícola y la deforestación que acompañaron al modelo transgénico produjeron efectos tales como desertificación y las inundaciones, que se intensifican por las deforestaciones de Paraguay, Bolivia y Brasil en las cuencas de los ríos que llegan a la Argentina.

La otra dimensión es el impacto social. Uno de los principales fenómenos es una concentración notable en la propiedad y el uso de la tierra, que hoy está en manos de menos personas que hace 10 o 20 años, proceso que ha sido acompañada de un éxodo rural a ámbitos periurbanos y urbanos. También, algo de los que se habla menos y está poco estudiado pero que es muy importante, es el deterioro en la calidad de los alimentos. La sobreproducción de soja ha llevado a su incorporación a una gran cantidad de alimentos de consumo masivo. En términos productivos, la pérdida de una gran cantidad de cultivos que son reemplazados por la soja significa la pérdida de diversidad alimentaria, y por lo tanto de soberanía alimentaria.

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Cuando se observa el rol de la ciencia en los conflictos ambientales se ve una situación paradójica. Por un lado, existe una demanda creciente a la ciencia para interceder en controversias sobre el ambiente y resolver sobre los hechos en disputa, por otro, los conocimientos científicos que se ponen en juego son cada vez más discutidos y se vuelven en sí mismos objeto de controversia, exacerbando el conflicto que venían a resolver. ¿Cuáles son las causas de esta situación, y cómo se puede salir de este círculo? 

Una de las causas es que desde la segunda guerra la ciencia estuvo muy asociada al capital, a sus objetivos. A esta ciencia, con mucha frecuencia e incluso desde el mismo discurso científico y sus amplificadores, se le quita el plural -es decir, la enorme diversidad que tiene en su interior. En este sentido, creo que es bienvenida la controversia sobre estos conocimientos y discursos. En general los científicos estamos poco entrenados para discutir nuestros discursos con las comunidades en territorio, y creo que eso es algo que es necesario profundizar, no precisamente evitar. Para eso es importante entender la ciencia en su contexto, los científicos debemos ser capaces de ubicarnos como uno de los actores centrales pero no únicos en este tipo de problemáticas. La capacidad de un experto de producir tecnología no lo ubica como la voz fundamental frente a un conflicto.

¿Qué ciencia necesitamos como sociedad? ¿Cuál sería el rol adecuado del conocimiento científico en el debate social sobre políticas ambientales? 

Necesitamos una ciencia que sea capaz de abordar verdaderamente este tipo de problemáticas sociales y ambientales, pero siempre bajo la consideración de qué supuestos se involucran, qué finalidades están en juego, qué diversidad presenta en su interior, cosas que raramente están explicitadas. Este pensamiento muchas veces se toma como una posición anticientífica, y yo creo que es todo lo contrario, justamente tiene que ver con poner en juego la naturaleza de la ciencia. Es a partir de estas caracterizaciones que se puede establecer un verdadero diálogo con las prácticas y discursos que se generan en territorio. A mi me sorprende el nivel de monismo que se construye a partir de esto, sobre todo por la serie de desconocimientos que implica, no solo de las praxis y discursos alternativos, sino de los propios supuestos involucrados en el conocimiento científico.

Y en relación a la pregunta de la finalidad, del para qué, necesitamos una ciencia que no se centre tanto en asuntos redituables al capital y motorizados por el mercado, sino que aborde y ponga en juego necesidades verdaderas de la sociedad y no inventadas o transformadas por el mercado. Tomemos por ejemplo el caso del IANIGLA (Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales), donde la gente en territorio veía que la mayoría de los científicos que estaban abordando el problema terminaba defendiendo más los intereses de la Barrick Gold que la de aquellos que vivían en el territorio. Creo que si se toman en cuenta estos elementos vamos a salir de esta encrucijada y evitar ese tipo de conflictos.

 

¿Cómo evaluás la ciencia hegemónica sobre los OGM? 

Un elemento clave para pensarla, nuevamente, es la pérdida del plural con respecto a las ciencias. Esto frena conocimientos científicos que podrían actuar y no lo hacen. Las ciencias sociales, por ejemplo, han tenido prácticamente nula intervención frente al debate sobre transgénicos. Pero incluso las ciencias naturales la han tenido solo en alguno de sus campos. Aquí el debate aparece monopolizado por ingenieros agrónomos y genetistas moleculares, y muy raramente participan ecólogos o biólogos evolutivos. Pero más allá de esto, cuándo uno analiza qué líneas de investigación y qué supuestos de conocimiento aparecen en los campos que sí se jerarquizan, se ve que prevalecen las miradas deterministas y simplificadoras. Una de las cosas que hemos investigado en el grupo de Filosofía de la Biología, es que cuando la genética molecular habla de transgénicos, hace una simplificación de la relación genotipo-fenotipo (el fenotipo es el rasgo visiblede un organismo que deriva del resultado de la interacción entre su genotipo y el entorno). Mientras la genética molecular al hablar de organismos en general establece una relación compleja entre el genotipo-fenotipo, en donde los mecanismos complejizantes son muchos, al hablar de los OGMs éstos desaparecen. Y entonces, los técnicos de los OGMs nos explican que no hay riesgos asociados, que basta una modificación en el genoma para que se modifique el fenotipo de la manera deseada sin otra consecuencia asociada. Pero ésto no funciona así, ni siquiera siguiendo el propio discurso de la genética molecular cuando no habla de transgénicos. En este sentido, aparece frecuentemente lo que nosotros llamamos el carácter publicitario del discurso científico hegemónico, una combinación de fuertes promesas (como por ejemplo solucionar el problema del hambre), y a la vez una omisión de los factores de riesgo y los efectos negativos, de la misma manera que lo hace la publicidad con los productos de consumo.

 

¿Qué relación ves entre la industria de los OGM y las preocupaciones crecientes sobre soberanía alimentaria y justicia ambiental?

La relación es muy estrecha. Hay que remarcar que la historia de la pérdida de soberanía alimentaria e injusticia ambiental es anterior a la década de los noventa en Argentina, cuando desembarcan los transgénicos y sus herbicidas asociados, pero es en este período donde se consolidan muchas de las tendencias previas y además se armaron engranajes nuevos. A partir de los transgénicos se genera todo un escenario nuevo alrededor del discurso de la innovación, que trae aparejado un proceso de privatización del saber, muy vinculado al desarrollo de patentes, donde por ejemplo Monsanto puede reclamar el cobro del uso de semillas. Esto empeora el escenario anterior. Una de las consecuencias principales de esta tendencia tiene que ver con la pérdida de autonomía. La industria de los transgénicos ha implicado un incremento de las relaciones de dependencia con las grandes empresas y los países hegemónicos, y no puede haber justicia y soberanía si no hay autonomía por parte de las comunidades. Esto pone en juego no solo la relación con las multinacionales, sino con un  estado nacional, que ha tomado en argentina un carácter neoliberal. Aunque recientemente esta tendencia ha tenido discontinuidades, en el marco de la cuestión de la soberanía existe una continuidad fuerte entre los modelos del kirchnerismo y el macrismo, que es la de un estado de carácter empresarial que genera patentes en colaboración con el sector privado, y que ha buscado, a la par de los deseos de empresas como Bayer o Monsanto, el incremento de la dependencia y la minimización las autonomías de las comunidades en territorio. Esto se ha repetido en la región tanto los gobiernos denominados progresistas como las clásicamente neoliberales han reproducido las mismas políticas al respecto con consecuencias por ende también similares.

En esa línea, ¿Qué iniciativas interesantes podés destacar a nivel local/regional? 

Muchísimas. Si bien la búsqueda de soberanía alimentaria en territorio es difícil, ya que en términos de escala es complicado tener autonomía cuando estás fumigado alrededor, hay muchísimos emprendimientos en diferentes lugares, Córdoba, Misiones, Buenos Aires, Santa Fe, etc. Recomiendo un documental muy interesante de Miguel Mirra, Agroecología. Tiempo de labranza (se puede ver en este link), donde se recuperan varias experiencias que muestran este carácter de autonomía fundamental que tiene la agroecología como búsqueda de una soberanía que está en juego. En general, estas experiencias tienen carácter local, y a nivel regional empiezan a menguar, pero aparece un entretejido que se está formando, y que probablemente se termine de formar más temprano que tarde.

A nivel urbano, existen resistencias parciales, como pequeñas huertas o ferias, que si bien no alcanzan todavía para dar un enfrentamiento fuerte al modelo de la agroindustria,  evidentemente empiezan a ser formas importantes de visibilidad de esta serie de problemas y de desnaturalización de las prácticas hegemónicas.

 

¿Cómo pueden aportar las personas desde su práctica cotidiana para mejorar esta situación?

Creo que es importante comenzar por el reconocimiento de la vida en territorio, lo que implica por un lado el reconocimiento de una diversidad de estrategias de vida ubicadas espacio-temporalmente, y el de un territorio que hay que pensarlo no a corto plazo sino al largo. En este sentido el cortoplacismo que está instalado creo que es un foco necesario y fundamental de rebeldía. Frente a esta vida en territorio hay que poner en juego estrategias de vida, conjugarlas con autonomía. En el marco de un momento histórico, social, político y económico, donde no se nos facilita ninguna posibilidad de elección, es importante elegir: el camino, lo que comemos, cómo destinamos el tiempo, cómo nos relacionamos con la naturaleza. Yo creo que este carácter de elección es fundamental para revertir esta situación tanto de manera local como regional, repensando cómo estamos viviendo y haciéndonos dueños de nuestro propio destino.