Sobre la esperanza y la Gestión Comunitaria de Bosques

El bosque es un ser biodiverso, de ecosistemas complejos, fundamentales para el equilibrio natural y de diversas comunidades en los territorios. Desde Amigos de la Tierra Argentina hemos considerado fundamental entender el bosque, y su riqueza biológica y cultural, en relación con comunidades que los habitan, protegen, y dependen de estos ecosistemas. Así que consideramos la Gestión Comunitaria de Bosques (GCB) la forma en que los pueblos se benefician de los bosques y la tierra, sin agotar sus bienes comunes o perjudicar el clima 1.

El tema de los bosques es fundamental para Argentina. En relación con la deforestación ocupa el noveno lugar a nivel mundial, íntimamente relacionado con su perfil histórico agroexportador y latifundista, contexto al que se suma una creciente extranjerización de los recursos en las últimas décadas. De esta manera, la ampliación continua de la agricultura y la ganadería extensiva a escala industrial ha sido el principal motor de la destrucción del bosque nativo.

En este contexto, la GCB es la contracara, necesaria y sustentable, a múltiples actividades que persiguen fines mercantilistas de la naturaleza. Desde un enfoque multidisciplinar -compleja entre lo social y natural- consideramos que en Argentina existen diversas experiencias que podemos considerar como gestiones comunitarias de los bosques tales como las realizadas ancestralmente por las comunidades indígenas, históricamente por poblaciones campesinas, y nuevas apropiaciones del espacio público cerca de las ciudades, donde la fusión de la presencia humana y los bosques, permite a pueblos y comunidades locales hacer uso, y beneficiarse de los bienes comunes que les ofrece su entorno natural.

Los beneficios que se producen en la interrelación con los bosques son diversos, entre ellos encontramos: el alimento, el agua, y la medicina. Igualmente, la vida en y con el bosque permite la creación y adaptación de las llamadas tecnologías apropiadas, adecuadas a cada región para el aprovechamiento de energías alternativas o para el uso más eficiente de algunos bienes comunes.

El bosque brinda refugio a las comunidades y éste es un elemento vital que forja su propia identidad, cumple una función dentro de los roles sociales, posibilitando el desarrollo cultural de los pueblos. Por lo tanto, legitimar los derechos comunitarios permite, principalmente, garantizar la descentralización en la toma de decisiones sobre los bosques y sus bienes, así como los medios de sustento de las comunidades. Su reconocimiento permite que éstos actúen como instrumento posibilitador de la gestión colectiva sobre los bienes naturales.

Algunas experiencias de GCB constituyen la prolongación de una tradición en el uso comunitario de los bienes de la naturaleza, como son los casos de las comunidades originarias, con sus prácticas fuertemente arraigadas y transmitidas de generación en generación. Muchas otras surgen como respuesta a la necesidad de los pueblos por organizarse para resistir embestidas de corte mercantilista, tanto en el ámbito rural como en el urbano.

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La Esperanza

El caso que presentamos responde más al segundo grupo, aunque no carece de arraigamiento histórico. Está profundamente marcado por la singularidad del ecosistema, por la cercanía a lo urbano y por la lucha defensiva de la GCB. Se trata de la comunidad isleña perteneciente y circundante a Isla Esperanza, sobre la intersección de los arroyos Anguila y La Paloma. Este territorio forma parte del Delta del Paraná: un “mosaico de humedales” en continuo movimiento, ubicado entre las provincias argentinas de Entre Ríos y Buenos Aires, y perteneciente a la cuenca hídrica más grande del País: la del Plata, caracterizada por sus grandes ríos y su llanura de inundación. Desde en el último trecho del Río Paraná, el Delta conforma un laberinto natural de ríos, riachos y canales naturales fluyendo por 14.000km2 entre un conjunto indiferenciado de alrededor de 5.000 islas. A menos de una hora de la Capital Federal, es un pulmón verde sumamente necesario, y depurador de aguas naturales. En particular, Isla Esperanza se encuentra a pocos minutos del continente, que en esa parte se conoce como Partido Municipal de Tigre.

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Las aguas bajan y crecen con la primavera y el verano, pero también con cada día y cada hora, según la luna y el viento. Ser isleño es adoptar un modo de vida fluvial, cuyo único reloj es el río. Es vivir en ranchos levantados hasta dos metros por encima de la tierra y moverse en embarcación propia. Es trabajar con la naturaleza: cortar el junco para secar y vender, esperar a que crezca el árbol para madera, pescar para comer, sólo lo necesario. Es no programar las actividades del día próximo la noche anterior, porque el clima y el agua definen cada mañana el cronograma. Es vivir distanciados por el verde y por el río, inundados por el sonido de los pájaros.

Los habitantes actuales de la isla han sabido mantener ese modo de vida durante muchas décadas, siendo algunos de tercera generación de isleños. Ellos trabajan con el humedal y lo preservan. “Mal del sauce” llaman a su elección de vida -verde y particular-, porque para ellos el amor por las islas es tan inevitable como una enfermedad (Cooperativa Junquera Isla Esperanza, 2012).

La forma de vida en la Esperanza se amenazó en 2008, cuando un 25 de mayo irrumpió en la zona el Megaemprendimiento Inmobiliario de la empresa Colony Park S.A. para crear un barrio cerrado con automóviles, estacionamiento de yates y todo. Traerían máquinas anfibias y topadoras. De furtivo como los criminales, esperaron a que los isleños salieran a festejar la fecha patria, y con motosierras cortaron las patas de sus ranchos y los incendiaron. Al tiempo y con estancadas, convirtieron el arroyo Anguilas -de unos 10 metros originales- en un canal ancho y lodoso, de curso distinto. Levantaron la cota y talaron todos los árboles. El humedal, ecosistema único, se convirtió en un barreal. Cerraron el arroyo La Paloma con un dique; pero gracias a la naturaleza esa noche llovió y el agua ayudó a los isleños a destaparlo. Destruyeron cañaverales, pajonales y plantaciones. Los animales –los del aire, tierra y agua- perdieron su escondite y huyeron del terror ruidoso de las máquinas. Ya no se podía pescar. Amedrentaron a los isleños para que abandonaran su tierra, a algunos les ofrecieron un mísero precio por obedecer. Los vecinos sufrieron el desarraigo y el miedo les trajo problemas de salud. El trabajo se perdía. Varios debieron irse. Los que resistían cuando veían avanzar los operarios de las máquinas, recibían nulas explicaciones. “Es un lugar privado” les respondieron una vez (Cooperativa Junquera Isla Esperanza, 2012), y la última palabra hizo su entrada inaugural a una Isla que la desconocía.

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Estos megaemprendimientos inmobiliarios, destinados a los sectores de alto poder adquisitivo, no son novedad en la zona. En el continente, la construcción de barrios cerrados impuso una morfología artificial y de gran impacto ambiental para el territorio: privatización de espacios comunes naturales, deforestación, pérdida de fauna, polución, expulsión de pobladores históricos, desmoronamiento de costas, dragado y contaminación de los ríos, destrucción para autovías, movimiento de grandes volúmenes de tierra y obstrucción de vías navegables. El Colony Park es particularmente ilegítimo porque implica el adueñamiento irregular de “bienes del dominio público natural” como son los lechos de ríos navegables internacionales, patrimonio nacional; y porque vulnera el derecho posesorio de las familias isleñas, legítimos habitantes. A pesar de esta ilegalidad, las fuerzas de seguridad estatales no enfrentaron los ataques de la empresa. Cuenta Diego, miembro fundador de la Cooperativa, que durante la pugna entre máquinas y hombres, un oficial de Prefectura les advirtió: “los que tienen plata son los que mandan”.

Eventualmente y ante la insistencia isleña, la justicia, aunque esquiva, comenzó a escuchar. De la mano del abogado Enrique Ferreccio, los vecinos defendieron su causa, y en 2010 llegó el fallo judicial que frenó la obra. La victoria fue emblemática: un grupo de familias isleñas había frenado a un megaemprendimiento inmobiliario avalado por organismos estatales. El problema es que, para ese entonces, el impacto ambiental ya era profundo: “esto era todo barro”, describe Diego.

Sin embargo, algo positivo había surgido: “Lo bueno de todo esto es que la gente que vivió acá muchos años estuvo toda junta, acá nadie se rindió, pelearon hasta último momento”, cuenta Vera, tercera generación de isleños. Ya no había sólo vecinos que se saludaban, ahora estaban organizados. Juntos, encararon un proyecto para defenderse de las corporaciones y volver a producir en sintonía con el Delta: nació Cooperativa la Esperanza, dedicada a la pesca artesanal, la apicultura, el cultivo de frutales, y principalmente, la extracción de junco y su tejido. Presentaron su proyecto al Instituto Nacional de Tecnología Industrial, que les brindó recursos para armar un galpón donde producir, abejas y semillas. Compraron telares. Ya no sólo vendían junco, como cuando trabajaban por separado, también fabricaban las cortinas. No dependían ya exclusivamente de los pocos acopiadores que les compraban la madera y les imponían los precios, pues hasta pusieron un puesto para vender en el puerto. La cooperativa también propuso nuevas experiencias de enriquecimiento comunitario: un lugar para compartir y encontrar soluciones a los problemas diarios, donde se dictaban talleres y funcionaba un merendero. Mientras tanto, la naturaleza, liberada de la presión de las máquinas, volvía a convertir el barreal de la Colony Park en un humedal. Resurgieron los sauces criollos y los juncales, los carpinchos y los pájaros.

Pero la amenaza persistía. Mientras la causa era apelada y traspasada entre tribunales, quedó pendiente negociar un plan de remediación ambiental, y los isleños eran atacados por enviados de la empresa. “Siempre tiene que haber alguien, porque vos te vas y vienen y te prenden fuego la casa o te roban lo poco que tenés, se llevan todo”, cuenta Vera. En los últimos años les robaron múltiples veces las herramientas de trabajo, incluso la huerta y las garrafas. En agosto de 2016, una lancha con encapuchados llegó e incendió el galpón de la Cooperativa. El fuego se produjo sobre nafta y aceite, para que perdure. No quedó nada.

Hoy los isleños vuelven a rearmarse. Les hacen falta recursos para poder reconstruir sus casas y espacios comunes, pero sobre todo justicia: las causas corren el riesgo de ser desactivadas. La definición del plan de remediación será lo que dirima si Colony Park continúa su proyecto (multas y modificaciones simbólicas), si se va sin arreglar nada, o si los arroyos Anguila y La Paloma podrán recuperarse. Algunas cosas no pueden volver atrás: sacar hoy la estancada de madera que modificó al Anguilas sería riesgoso para las islas. Lo fundamental para los isleños es que no se le encargue a la empresa la dirección de la remediación, porque eso sería una condena.

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La comunidad, nuevamente, se propone como fuente de respuestas. Tras el incendio, los isleños en conjunto con académicos, miembros de organizaciones socioambientales e interesados en la causa, formaron el Observatorio de Humedales del Delta, organización que se propone para investigar los daños provocados por ColonyPark, formas posibles de remediación y nuevos modos de enriquecer la producción conjunta sustentable en sintonía con la naturaleza del Delta.

Los esfuerzos de La Esperanza hablan fuerte y claro sobre los beneficios que implica la GCB, pero también sobre los graves peligros que enfrenta. Una gestión comunitaria enriquece la relación entre trabajo y naturaleza, empodera a los productores, y este poder les sirve para defender el territorio. Es también guardiana y posibilitadora de un vivir y de una cultura única, en este caso la isleña. La cercanía con lo urbano es también característica: los automóviles y los barrios cerrados están más cerca, pero también lo están los tribunales, los académicos, y los voluntarios que colaboran. Esta proximidad permite a muchos isleños que debieron buscar trabajo fuera de la isla, regresar tras los ataques, y cuando cada jueves se reúne el Observatorio, muchos miembros llegan desde el continente. También habla de la ignorancia de las metrópolis sobre lo que sucede tras sus edificios.

Finalmente, La Esperanza tiene potencial para nuevas lecciones. Por un lado, lograr convertir la defensiva que deben sostener hace años en una experiencia que pueda florecer en paz. Por el otro, sentar jurisprudencia sobre una remediación ambiental que exceda la mera multa y el parche a discreción de la empresa. Una remediación que esté dirigida por quienes conocen, trabajan y enriquecen el territorio. Para terminar de instalar en el Delta, y en los inspirados por su experiencia, la victoria que implica para el ecosistema y el buen vivir, la gestión comunitaria de bosques.

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1.Preferimos utilizar la palabra “gestión” en lugar de la palabra “manejo”, utilizada comúnmente para justificar mecanismos gubernamentales. De aquí que la utilización de la palabra “gestión”tenga el propósito de valorar la autonomía política y los niveles de organización comunitaria que se expresa en la práctica, por encima de la mera utilización de recursos.
Este texto pertenece a la publicación "Manejo comunitario del bosque y soberanía alimentaria" de ATALC (Amigos de la Tierra América Latina y el Caribe) que contiene diversos testimonios de nuestra América. 
El documento será lanzado proximamente en www.atalc.org