Contra la corriente

Recorrer la provincia de Entre Ríos por la Ruta 14 y observar el campo a ambos lados del camino, no hace más que confirmar que las tierras que antes se destinaban a la agricultura y a la ganadería, ahora, en su mayoría, están siendo ocupadas por monocultivos de soja y plantaciones forestales. El avance de la frontera sojera y forestal es elocuente: el paisaje original ha sido modificado y es difícil encontrar tierras destinadas a la producción de alimentos. Muy pocos plantan comida o tienen animales para consumo.

El negocio de plantar soja sigue avanzando al punto tal que este año cerca del 64% de las tierras nacionales aptas para agricultura son ocupadas por este cultivo industrial que genera importantes  ganancias no solo para terratenientes, sino quedando también una buena porción para pequeños y medianos productores.

Adoptar este modelo agrario a gran escala no solo trae beneficios a unos pocos, sino lo que es peor reparte las consecuencias negativas para muchos, evidenciadas tanto a nivel social como ecológico con impactos de variada gravedad. Ciudades y pueblos con tradición agrícola o ganadera han pasado de la noche a la mañana a ser sojeros y  de manera muy brusca a cambiar sus modos de vida y sus vínculos con la tierra.

Por otra parte pinos y eucaliptus emergen a un ritmo acelerado reemplazando a los ecosistemas nativos por plantaciones a gran escala para la producción industrial. Miles de hectáreas ocupadas por especies exóticas cuyos principales fines son la provisión de materia prima para la industria de la celulosa o de la madera.

Sobre el horizonte del espinal, el pastizal o los bañados se alzan árboles de gran porte, alineados y de la misma edad esperando su turno para ser volteados y convertidos en dinero. En nada se asemejan a un bosque, pero quienes comandan el negocio forestal insisten en que son “bosques cultivados”, amparándose en que son árboles y nada más.
Quienes trabajaban en el campo ya no lo hacen, el paquete tecnológico que acompaña a la agricultura industrial no necesita personas, su eficiencia va por el lado de usar cada vez máquinas más sofisticadas que evitan la continuidad o generación de empleos.

Desplazamiento de poblaciones y comunidades campesinas, empobrecimiento de los suelos, alteración de los ecosistemas originarios, contaminación por agroquímicos, son algunas de las consecuencias del avance de los monocultivos a gran escala, que desde hace tiempo han comenzado a sentirse por estas latitudes.

Pero algo está emergiendo. Son varias las personas que desde hace tiempo miran con desconfianza y rechazo al avance monocultural. Encontrarnos con pobladores de Gualeguaychú, Concepción del Uruguay, Colón, Concordia y Chajarí nos permitió corroborar que hay mucho desacuerdo con esta manera de ocupar sus territorios. Que no son razones nostálgicas las que los llevan a oponerse a esta forma de avanzar sobre la tierra, sino que las consecuencias sobre el ambiente y la salud son visibles, que nadie las quiere y se pueden evitar.

Seguramente será un largo recorrido para revertir esta manera de lucrar con los bienes comunes naturales, casi tan largo como la misma Ruta 14 que pareciera ensancharse para que circulen más camiones que puedan llevarse más rápido y más fácil las riquezas de nuestro suelo.

El río Uruguay mansamente lleva sus aguas conectando a las poblaciones ribereñas. A contra corriente avanzan por la Ruta 14 los monocultivos industriales. Algunos pobladores ya empezaron a hacer algo, otros continúan lo que hace rato empezaron y otros se están contagiando del hacer colectivo. Pero no está demás decir que son muchos los que saben que las plantaciones no son bosques y que no sirven para garantizar la soberanía alimentaria.